Peñarol

Un lugar donde conviven pasado y presente de manera singular y contradictoria.

En una era marcada por la inmediatez y una decisiva priorización de lo moderno y tecnológico, los trabajadores del taller se enorgullecen de seguir usando las mismas herramientas que trajeron los ingleses en el 1800, y de seguirlas guardando precisamente en el mismo lugar.

Peñarol es un tributo a la idiosincrasia Uruguaya de mirar al pasado, de recordar lo que fuimos y de donde venimos, pero es también un implacable estandarte de determinación y desafío a la modernización que se impone. Es un recordatorio de que no todo lo nuevo es mejor, de que el recambio tal vez no sea la única propuesta válida para proyectarnos en este nuevo siglo.

 

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Fotos

  • Peluquería (barber shop).
  • The workshop.
  • The Plaza.
  • The garage.
  • Break.
  • Tren de Auxilio (Help Train).
  • The theater.
  • The bar.
  • Raquel & Schubert.
  • La Tortuga.
  • Tia 364.
  • Locomotive.
  • Miguel.
  • The 'Diesel' workshop.
  • 12.50m.

Textos

Gestado a finales del 1800, con la intención de poblar la zona donde se instalarían los más importantes talleres del tren traído por los Ingleses – Peñarol permanece vivo hoy, obstinado y desafiante, a pesar del infeliz estado de la red ferroviaria y de la empresa estatal que lo mantiene (AFE – Administración de Ferrocarriles del Estado).

Este emprendimiento resultó en uno de los más importantes barrios del país, marcado por el dinamismo, la prosperidad y el modernismo que lo caracterizaron.  En su momento de gloria contó con tres bancos, dos cines y un teatro en apenas siete cuadras.  Un día típico presenciaba hasta cuarenta viajes del tren de combinación entre Peñarol y Sayago.

El taller donde una vez trabajaron miles, símbolo del apogeo de una era y claro sinónimo de la revolución industrial, hoy apenas acoge a poco más de cien personas, en su gran mayoría veteranos amantes del tren, pues hace ya mucho que la empresa apenas contrata.

Poco después de la segunda guerra mundial, enfrentados a pocas y desfavorables opciones, los ingleses decidieron vender el tren al estado Uruguayo a cambio de la deuda contraída por la lana y la carne entregadas al ejercito británico en el transcurso de la guerra.

Son muchos los que creen que el declive del tren coincide en el tiempo con la partida de los ingleses.  Lo que una vez funcionó con la precisión de un reloj, con la formalidad y puntualidad que caracteriza a los ingleses, fue lentamente infiltrado, con el paso del tiempo, por la desidia y la actitud más despreocupada de los nuevos administradores.  La venta del tren marcó el comienzo de un lento pero continuo deterioro del servicio y de la empresa, y, por consiguiente, del barrio Peñarol.

Como una vía de tren sin destino, que muere repentinamente en ningún lugar, el declive del sistema ferroviario dejó sin propósito aparente a Peñarol.  No obstante, y a diferencia de lo que ha ocurrido en tantos otros lugares del mundo, donde estos espacios han desaparecido o han sido completamente renovados, Peñarol se resiste, testaruda y ensañadamente, a una realidad abrumadora que lo rodea.  De los que quedan, algunos aún trabajan en los talleres donde hasta hoy se reparan las pocas locomotoras y vagones que circulan, a paso de hombre, por los kilómetros de vías deterioradas que surcan los campos del país.

En una era marcada por la inmediatez y una decisiva priorización de lo moderno y tecnológico, los trabajadores del taller se enorgullecen de seguir usando las mismas herramientas que trajeron los ingleses en el 1800, y de seguirlas guardando precisamente en el mismo lugar.

El bar, la peluquería, el teatro y el extinto centro de recreación se detuvieron en el tiempo.  En Peñarol, al menos algunos se galardonan fervientemente de esta rara capacidad de detener el reloj. Hay algo nostálgico y añejo, pero a la vez fresco y vivo en las calles de este peculiar barrio Montevideano.  Hay un tácito aprecio por antaño, por las cosas que duran toda una vida, por lo valores que fueron la base de una era pasada, una era de éxito y prosperidad.

Peñarol es un tributo a la idiosincrasia Uruguaya de mirar al pasado, de recordar lo que fuimos y de donde venimos, pero es también un implacable estandarte de determinación y desafío a la modernización que se impone.  Es un recordatorio de que no todo lo nuevo es mejor, de que el recambio tal vez no sea la única propuesta válida para proyectarnos en este nuevo siglo.

 

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